Los judíos, los auténticos palestinos.

Association of Jewish Commercial Artists In Palestine, 1943.

Origen: Los judíos, los auténticos palestinos.

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Desmontando Pallywood.

Daniel Ari es demoledor con la falsa narrativa propalestina, este nuevo escrito suyo lo demuestra. Sencillamente magistral: Un policía israelí y un muchacho palestino ensangrentado. Antes de leer e…

Origen: Desmontando Pallywood.

LA EFICACIA DE SU GRACIA – LA JUSTIFICACIÓN

La justificación de parte de Dios nos viene por medio de su Hijo Cristo Jesús, es totalmente gratuita y se alcanza por medio de la fe.  La fe no justifica, es el medio por el cual se alcanza y se recibe la justicia de Cristo.

La palabra griega para justificación es “Dikaiosis” denota hacer justo o absolución de la culpa (Romanos 4: 25).  Mientras la palabra “Dikaioma” tiene varios significados, entre ellos: es una sentencia de absolución, en virtud de la cual, Dios absuelve al hombre de su culpa, bajo las condiciones de su gracia en Cristo Jesús, por medio de su sacrificio expiatorio, al recibir a Cristo por la fe (Romanos 5: 16).  Es un acto justo, es decir, “por la justicia de uno”, un solo acto de justicia justifica a todos (véase Diccionario Expositivo del NT de Vine). La justificación es imputar al hombre la justicia de Cristo, es un pasar de un estado de condenación a estar libre de cargo, ser absuelto.  La justificación de aplica a infractores de la ley y cuyo delito es merecedor de ser castigado con la muerte.  Esta condenación de la que el mismo hombre no puede librarse por no poder dar satisfacción completa a la justicia de Dios, la alcanza por la justicia de Cristo y en conformidad con la exigencia de la ley de Dios, pasa a imputarse al hombre, de modo que halla la revocación de los cargos, la salvación, la vida.  Por esta obra de Cristo el infringidor se convierte en cumplidor, el enemistado en reconciliado, el lejano en cercano, el rebelde en obediente.

La justificación no cambia la naturaleza del hombre impío, pero, si cambia su estado delante de Dios, ante su ley.  No afecta la condición, por eso justificación es hacer justo al culpable, al pecador (Romanos 4: 5).  Es la justicia de Dios por medio de la fe depositada en Jesucristo (Romanos 3: 22) y como resultado alcanza la paz para con Dios (Romanos 5: 12). La justificación no puede alcanzarse por la ley, porque al no poder cumplirse, esta tampoco puede justificar (Hechos 10: 38-39; Gálatas 2: 16-17; 3: 9-14; Filipenses 3: 9).  Hoy podemos decir: la justificación del impío no se salta la justicia de la ley, sino que la ha cumplido en su sentido más estricto la justicia de Dios, gracias a la perfecta obediencia y sufrimiento vicario de Cristo y este es el fundamento y no otro.

La justificación es por fe, sin embargo, la fe viene dada por Dios, es un don de su gracia como podemos leer en (Efesios 2: 8) La fe viene por el oír su palabra, pero, ¿cómo creerán si Dios no les habla?, ¿cómo creerán si Dios no envía a predicar? Así leemos: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y como predicaran si no son enviados? Tal como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio del bien! Sin embargo, no todos hicieron caso al evangelio, porque Isaías dice: Señor ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo.” (Romanos 10: 14-17) Si cuando leemos las Escrituras ponemos la suficiente atención, veremos que todo cuanto tenemos, somos y seremos nos viene primero de Dios y nunca es propio de nosotros.  La fe es certeza en aquello que no se ve y por esta razón se le dijo a Tomás: “Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron.” (Juan 20: 29, véase Juan 4: 48; 2Corintios 5: 7; 1Pedro 1: 8) Es también seguridad y confianza cuando se oye la Palabra de Dios, cuando oímos su voz, de manera que como el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, habiendo oído de Jesús Nazareno clamaba: “Jesús, Hijo de David te misericordia de mí”.  Indudablemente Bartimeo clamaba misericordia porque había oído primero de Jesús, de sus hechos portentosos, de su don para curar enfermedades y devolver la vista, puso fe en ello y su clamor obtuvo la respuesta.

Primeramente Dios habla, después llama, regenera y justifica por la fe que recibimos y depositamos en Cristo, autor y consumador de la fe (Romanos 8: 29-30).  Esta gracia nos provee la fe y no tiene en cuenta méritos algunos del pecador, así como los pecadores no poseen medios por si mismos para apropiarse de la fe y la justicia de Dios si primero no lo recibe de Él, todo cuanto somos en Cristo se nos ha otorgado inmerecidamente, es don de su gracia.  Bien haríamos en hacernos las siguientes preguntas: ¿Si Cristo no ha ganado para los pecadores la fe y la justicia de Dios en la Cruz, entonces, qué ha ganado? Si la fe proviene de los descendientes caídos de Adán ¿De qué sirve que Cristo viniera a morir en una Cruz? Si la fe proviene del hombre, no será que hacemos depender la eficacia de la gracia de Dios de la decisión de una criatura caída y con una naturaleza corrompida. ¿Qué sucedería si los descendientes de Adán decidieron no creer? ¿Habría Cristo muerto en vano? Entonces ¿Cómo aceptarías que la muerte de la Cruz es perfecta y consumada? O ¿Cómo podríamos afirmar que murió con el gozo puesto delante de si? Naturalmente cuando decimos que la fe proviene del hombre, no solo le atribuimos un mérito, además estamos haciendo depender el sacrificio de la Cruz de la decisión de una criatura caída. Esto contradice lo dicho por el Señor: “porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lucas 19: 10) Pongamos atención: vino a buscar y salvar lo que se había perdido, si el hombre pudiera venir por si mismo a Dios, entonces, no hubiera dicho a buscar sino solo a salvar, esa es la gran diferencia y así debemos creerlo.

Las dificultades para creer en la sola gracia de Dios provienen de pensar acerca de la salvación como el mundo lo hace, el no comprender todos sus misterios, no quiere decir que tengamos que hacerlo a base de creernos más justos que Dios.  A todos nos es notorio como el apóstol afirma ser la fe un don de su gracia, una virtud enviada de Dios, y aunque, nos resistamos a creerlo, esto nos enseña como la salvación solo Dios la dispensa soberanamente, y por eso se salvan los que antes han sido ordenados para la vida eterna (Hechos 18: 27).  Malo es conducirse en el entendimiento espiritual por los argumentos y pasiones carnales y humanistas, los cuales, levantan enemistad y oposición a la revelación del Espíritu. El entendimiento carnal te gritará; hay injusticia en tu Dios por salvar a unos y otros no (Romanos 9: 14), más en lo profundo oirás la voz del Espíritu decirte: en ninguna manera, todos estabais bajo pecado y condenados, destituidos de su gloria, pero, Él tuvo misericordia y te eligió, y envió a su Hijo a salvarte (Romanos 3: 23). Recuerda esta Escritura: “Dios creó al hombre bueno, pero, ellos buscaron muchas perversiones.” (Eclesiastés 7: 9)

La justificación es por gracia para que sea por medio de la fe y esto es una muestra de amor inefable y de sabiduría perfecta, pues, en estando todos los descendiente de Adán condenados, viviendo como impíos, le plació a Él en su sola voluntad y potestad salvarlos, sin importar que para ello su Hijo descendiera del cielo, del trono de la gloria, a una Cruz. Por este motivo Pablo escribe: “Más por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención, para que, tal como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor.” (1Corintios 1: 30-31; Efesios 2: 9) Anotemos lo que realmente está diciendo Pablo: por obra de Cristo Jesús todos los creyentes estamos en El, es su obra, no la nuestra, es su poder, no el nuestro, es su gracia, no la nuestra.  Fue Cristo quien ha sido hecho sabiduría de Dios, justificación, santificación y redención, lo cual, no debe dejar ningún atisbo de duda en nosotros y del porque nos llega la justificación, de modo que Dios ha borrado toda posibilidad de jactancia humana, de gloriarse en sí mismo como si fuese por su causa que ha sido salvado. Si en algo debe gloriarse un creyente es el Señor, porque es el Señor la razón por la que hoy es salvo. En otro texto leemos: “Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo ayo (la ley), pues todos sois hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús.” (Gálatas 3: 25-26) Que cosa más maravillosa leer “ahora que ha venido la fe” no es que tuviéramos fe por nosotros mismos, sino que con Cristo vino la fe y con ella el medio para apropiarse de la justificación, siendo que por esta fe la criatura se convierte en hijo de Dios, lo cual, denota como anterior a la fe no éramos hijos, sino criaturas. Veamos otros versos que nos convencerán de que la fe proviene exclusivamente de Dios.  El texto más conocido es Efesios 2: 8: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios.” En Filipenses 1: 29: “se os ha concedido” en 2Tesalonisenses 3: 2: no es de todos creer, mientras en 2Timoteo 1: 5: “Porque tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice…” habitó denota que vino de afuera e hizo morada en Loida.  En Tito 1: 1 leemos: conforme a la fe de los elegidos de Dios y en Hechos 18: 27, a los que por medio de la gracia habían creído, en Romanos 12: 3 “la fe que repartió a cada uno”, en Gálatas 3: 23 “antes que viniese la fe… aquella fe que iba a ser revelada” y por último leemos en Hebreos 12: 2: “Jesús el autor y consumador de la fe.”  En todos estos versículos vemos cómo la fe no es propia del hombre.

Cuando leemos las Escrituras con la mente de Cristo entendemos que todo cuanto poseemos viene de Dios.  Acaso no es esta una maravillosa doctrina recibir tantos bienes eternos a causa de Cristo, no es este el más grande amor y ejemplo de bondad.  Cristo es el centro de todo lo que Dios ha hecho y de todo lo que hace y hará, nunca lo son las criaturas, es por Cristo posible la reconciliación, porque los llamados son antes elegidos en Cristo (Efesios 1: 5) y después son regenerados, justificados y santificados, por Cristo fuimos creados y por El estamos en victoria sentados en los lugares celestiales. (Efesios 2: 6)

Por último, las Escrituras nos dicen que la justificación consiste en hacer justo al hombre que está en condenación y le imputa en un solo acto la justicia, a fin de que sea justificado en la presencia de Dios.  Esto lo ha hecho posible Cristo Jesús a través de la obediencia que le faltó a Adán y por eso condenó a toda su posteridad. Nuestro Señor demostró una obediencia por amor que le llevó hasta la muerte de Cruz y se ha presentado como el más grande de todos los vencedores delante del Padre.  Él tomó nuestro lugar, nos sustituye y paga un alto precio por ello y desde ese instante ya no hay condenación, ya no hay acta contraria que nos condene (Colosenses 2: 14) La demanda divina de justicia ha sido completamente satisfecha, ahora si somos verdaderamente libres, estamos absueltos. Bendito sea Dios por los siglos de los siglos, porque nos escogió desde antes de la fundación del mundo para que fuésemos el pueblo de su santo Hijo Jesús (Mateo 25: 34; Efesios 1: 3-5)

                                                                                                        ESCUELA TEOLÓGICA DE PROCLO

La Eficacia de su Gracia–La Regeneración

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La Eficacia de su Gracia – La Regeneración

   Esta gracia de Dios por la cual hemos sido salvados actúa de forma eficaz y es irresistible y así lo atestiguan las Escrituras. Teniendo primeramente en cuenta la condición humana de pecado, pasemos ahora a considerar algunos aspectos de la elección divina a fin de aclarar porque debemos considerar como cierto la eficacia de su gracia.  Porque si como dicen las Escrituras hemos sido escogidos para salvación por el beneplácito de su voluntad y no porque haya nada en nosotros meritorio, debemos aceptar que de alguna manera que no podemos comprender, El nos salva a pesar de cuanto podamos resistirnos, porque no tendría sentido haber sido escogidos si después podemos rechazar esta elección y condenarnos.  La elección divina comporta muchos aspectos para llevarnos a la redención, por ejemplo, la fe, pero, sabemos que como rezan las Escrituras la fe es un don de Dios (Efesios 2: 8) y que la recibimos por oír la Palabra de Dios, es decir, porque Dios nos habla entonces la fe puede venir a nosotros, pero, si Él no nos habla es imposible que esta fe venga, pero, si nos habla, no es porque tengamos algún mérito que le obligue a hacerlo, sino que lo hace por pura gracia, de otra manera esta salvación no sería por gracia como afirma Pablo en Efesios 2: 8.

   Detengamos a considerar la regeneración espiritual a fin de poder entender mejor la eficacia de su gracia. La palabra griega para regeneración “palingenesia” viene a significar nuevo nacimiento (1Tito 3: 5) e incluye una nueva vida.  Si con oír la Palabra de Dios nos viene la fe, no es menos cierto que con la fe nos vendrá la regeneración, es decir, el nacer de nuevo por la Palabra de verdad (Santiago 1: 18; 1Pedro 1: 23) y por el poder del Espíritu Santo (Juan 3: 5-6).  Tengámonos como una casa llena de suciedad y en este sentido, la regeneración sería como una limpieza total que dejará esta casa dispuesta para ser adornada con las virtudes del Espíritu Santo, para ser habitada por Dios. Si tenemos al hombre como un muerto en delitos y pecados (Efesios 2: 1) sería como danos vida, como una resurrección espiritual con Cristo efectuada en nosotros con el mismo poder con el que Dios levantó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús (Efesios 1. 19-20) o como bien escribe Pedro, un renacer (1Pedro 1: 3).  Puede ser considerada la regeneración como pasar de muerte a vida. También puede entenderse como: el llamamiento de Dios por el cual pasamos de las tinieblas a su luz admirable (1Pedro 2: 9).  Mediante la regeneración experimentamos el poder sobrenatural del Espíritu Santo y en consecuencia nacemos de Dios, nace una nueva criatura en Cristo Jesús, sin embargo, no se entiende que nuevo nacimiento y regeneración sean etapas diferentes o sucesivas en la experiencia espiritual, más bien se refieren a un mismo suceso contemplados desde puntos diferentes.  La regeneración renueva, efectúa un cambio interno por el poder sobrenatural de Dios, de modo que la voluntad que antes se oponía queda liberada y capacitada para ir con plena libertad a Cristo Jesús y recibir la bienaventuranza de la salvación.

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   La regeneración o transformación en un nueva criatura es realizada por el poder del Espíritu Santo, cuando se opera, el hombre queda preparado totalmente para recibir el reino de Dios con todas sus bendiciones.  Regeneración va como renovación del Espíritu Santo (Tito 3: 5). El texto de Tito 3: 5 puede traducirse en muchos sentidos, incluye: regeneración, renovación, restauración, transformación o cambio de corazón y de vida (véase Romanos 12: 2). Otros autores ponen énfasis en el lavamiento espiritual realizado por obra del Espíritu Santo o en purificar (Tito 2: 14). Recibir la regeneración equivale a llegar al conocimiento perfecto de Cristo, de manera que la transformación produce en nosotros tanto el querer como el hacer de Dios (Filipenses 2: 13). También debemos atender al hecho de que la regeneración no es el final, pues, ha de realizarse en su forma completa cuando el Hijo se siente en su trono de gloria (Mateo 19: 28).

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   Charles Hogge en su Teología Sistemática escribe lo siguiente: “El alma es el sujeto y no el agente del cambio.  El alma coopera, o está activa en lo que ocurre antes y después del cambio, pero, el cambio mismo es algo que se experimenta y no algo que se hace.  Los ciegos y cojos que vinieron a Cristo, puede ser que hayan ejercido grandes esfuerzos para llegar a El y luego gozosamente ejercieron el nuevo poder que les fue impartido.  Sin embargo, estuvieron completamente pasivos en el momento de la curación, en ninguna manera cooperaron en la producción de dicho efecto. Igualmente ocurre en la regeneración…” Teología Sistemática II pág. 688.  “Las mismas Escrituras añaden esta misma verdad en otras palabras cuando nos dicen que la regeneración es un nuevo nacimiento.  El nuevo nacimiento no es obra suya (del hombre).  El único simplemente nace, sale de su estado de oscuridad, en el cual los objetos adaptados a su naturaleza no son percibidos por el ni pueden despertar sus facultades. Pero en cuanto ocurre su nacimiento, todas sus facultades despiertan; comienza a ver, a sentir, a oír y gradualmente empieza a desarrollarse todas sus facultades, como un ser racional y moral, así como un ser físico.  Las Escrituras enseñan que así también sucede con la regeneración.  El alma entra a un nuevo estado; es introducido a un mundo nuevo.  Una nueva clase de objetos antes desconocidos o desapercibidos le son revelados, los cuales ejercen sobre ella sus influencias apropiadas“.  Teología Sistemática II pág. 38

   Rechazar la operación de la regeneración por la sola gracia de Dios, es rechazar la obra sobrenatural del Espíritu Santo y la Palabra santa del Evangelio, sería lo mismo que pretender que el hombre colabora y se regenera en parte gracias a su esfuerzo.  La regeneración es producida por Dios y siempre es permanente y eficaz, como escribe Pablo: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4: 12) Dios con su poder engendra y hace nacer.  En la conversión es el hombre quien se niega y se resiste, mientras Dios lo atrae a Jesús para salvarlo.

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   La salvación es por gracia, gratuita, no hay mérito humano que pueda merecer la muerte de Jesús, su Hijo Amado.  Si la fe procediera del hombre, entonces, no es don de Dios y sin duda, de no proceder de Dios sería un mérito.  En la carta a los Hebreos su autor escribe: “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de El soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios.” (Hebreos 12: 2) Pregúntese por un momento ¿Tenemos algo los hombres que primero no hayamos recibido de Dios? (Léase 1Corintios 4: 7) ¿Quién puede contradecir el divino Evangelio de Cristo? O ¿Quién puede contender con Cristo y salir airoso? La realidad es que Dios no está obligado a salvar a los descendientes de Adán, ni tiene porque perdonar y mucho menos enviar a su Unigénito Hijo a padecer en una Cruz, lo ha hecho por amor, y este amor es tan inmenso porque es totalmente incondicional, no lo merecemos. Conforme a Pablo todos los hombres han sido destituidos de su gloria, por cuanto todos han pecado (Romanos 3: 23). En la decisión de Adán estaba representada toda su posteridad y por consiguiente todos están condenados, sin excepción alguna. Consideremos que: si el hombre, como escribe el apóstol está muerto espiritualmente, ha de ser necesario para vivir que se te de la vida, recibirla, pero, ninguno nacido de Adán puede decir que se resucita así mismo.  La muerte espiritual incapacita al hombre para querer regresar a Dios, vive esclavo de su propia degeneración, sirve a los designios de una mente corrupta, por eso es necesario sacarle primero de su extravío; pues, se opone a la regeneración, no quiere ni puede por sí mismo ser vivificado.  Un ejemplo lo tenemos en la muerte de Lázaro ¿Acaso podía Lázaro pedirle a Jesús que le resucitara? Evidentemente no. Si como afirma el apóstol Pablo, el hombre está muerto en sus delitos y pecados (Efesios 2: 1) y si fue Dios quien le da vida en Cristo Jesús, como puede estar llena la Iglesia de predicadores y hermanos que afirmen sin temor alguno que la fe provino de ellos o que de por si fueron ellos lo que decidieron arrepentirse auto convencidos de ser este el camino, es una gran incongruencia con las palabras del apóstol a los efesios.

   Si el hombre está muerto necesita primero vivir, y a este hecho le llamamos nacer de nuevo. Si está muerto cómo puede querer vivir, sería necesario primero ser vivificado, resucitado por el poder de Dios, de otra manera, no podría levantarse y acudir al llamamiento de Dios.  ¿Acaso puede un muerto levantarse por sí mismo? Por estas razones la regeneración es vivificar de Dios, es un despertar de todas sus facultades, es un retornar a sus capacidades.  Charles Haddon Spurgeon escribía lo siguiente: “Cristo no solo es poderoso para salvar a los que se arrepientan, sino que puede hacer que los hombres se arrepientan.  El llevará al cielo a los que creen; pero es más poderoso para dar a los hombres nuevos corazones, y obrar la fe en ellos.  Él es poderoso para hacer que el hombre que aborrece la santidad la ame y obliga al desdeñador de su Nombre doblar la rodilla delante de Él.”

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   Los maestros y predicadores de la Palabra deberían ser más cuidadosos con lo que enseñan o predican, no sea que caigan en un auto-soterismo.  Bueno les sería apartarse de cualquier mensaje que de gloria al hombre y le atribuya méritos delante de Dios, ya que todo auto-soterismo lleva a pensar de manera baja de Dios y de la obra de Cristo.  Nada hay en los hombres que merezca su salvación.  “Si tuviéramos que vestir nuestro lino fino con nuestras justicias estaríamos perdidos en la más absoluta miseria.” Charles Haddon Spurgeon.